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Más de la mitad de los chavales con discapacidad que participan en actividades de ocio no se sienten integrados en ellas

Imagen creada con IA de jóvenes con discapacidad

Según el estudio ‘Ocio accesible e inclusivo en la infancia y adolescencia con discapacidad’ de Fundación ONCE, con recomendaciones para mejorar su participación real y efectiva  

El 51,7% de los niños y adolescentes con discapacidad participan en actividades de ocio municipales, pero solo el 46% de ellos se sienten integrados con sus compañeros. Así se desprende de un estudio elaborado por Fundación ONCE para determinar en qué medida la oferta pública de ocio cumple su función de fomento de relaciones sociales y pertenencia en el caso de los chavales con discapacidad.

Titulado ‘Ocio accesible e inclusivo en la infancia y adolescencia con discapacidad’, el trabajo analiza las actividades vinculadas a la cartera municipal dirigidas a la infancia y la adolescencia fuera del horario lectivo o en periodos vacacionales de Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza y Málaga, aunque no representan el volumen total de actividades de ocio disponible en cada ciudad. Ofrece también una serie de recomendaciones para avanzar hacia un ocio inclusivo.

Para su elaboración, se ha utilizado un enfoque metodológico mixto que combina fuentes documentales e institucionales (cuantitativas y cualitativas), complementado con entrevistas a personal técnico municipal, dos cuestionarios en línea -a familias y a profesionales- y grupos de discusión.

Entre sus principales conclusiones figura el hecho de que la presencia en una actividad no equivale a una participación efectiva ni garantiza una experiencia inclusiva. 

Así lo constata el hecho de que el 46% de los chavales que han formado parte de actividades de ocio municipales no están integrados en ellas y solo el 40% se relaciona con los demás participantes.  

En la misma línea, el estudio encuentra situaciones de exclusión durante el desarrollo de las actividades especialmente relevantes: en el 32 % de las experiencias el menor con discapacidad permanecía observando o esperando mientras el resto realizaba actividades en las que él no podía participar, y en el 27 % las familias señalan que se le animó a abandonar la actividad.

Estos resultados sugieren que, ante las dificultades, la respuesta no siempre consistió en adaptar la actividad o reforzar los apoyos, sino en trasladar a la propia persona participante la recomendación de dejarla. 

Otro aspecto que pone de manifiesto el trabajo es que el acceso a este tipo de actividades está estrechamente asociado a las necesidades de apoyo. Así lo confirma la realidad de que ha participado alguna vez en ellas el 65% de quienes requieren apoyo puntual, frente al 34,9% de los que necesitan apoyo intensivo; y el 59,4% de quienes tienen reconocido un grado de discapacidad de entre el 33 y el 64%, frente al 34,3% de los que alcanzan un grado igual o superior al 65%. La participación es máxima entre los 6 y los 11 años y se reduce durante la adolescencia, mientras que no se observan diferencias estadísticamente significativas según el género.

Con mayor o menor discapacidad, para que un menor pueda participar plenamente en este tipo de actividades, “el personal y la formación son centrales, pero deben integrarse en una organización inclusiva”, advierte el informe. Y argumenta que “la incorporación de una persona de apoyo no garantiza la inclusión si el niño, niña o adolescente queda vinculado exclusivamente a quien lo acompaña”. Su eficacia depende también de las ratios, la estabilidad de los equipos, el conocimiento previo de las necesidades, el tiempo de planificación y la coordinación.

Barreras

El estudio señala también que la puerta de entrada continúa generando desigualdades. Entre las barreras señaladas por las familias destacan la falta de plazas (24%), la exigencia de que una persona adulta de la familia permanezca durante la actividad (18%) y la denegación de la plaza o la no admisión porque la entidad considera que no puede atender las necesidades del menor (13,8%).

Familias y profesionales coinciden en situar la falta de personal de apoyo y de formación entre las barreras más frecuentes, y su disponibilidad y preparación entre los facilitadores más valorados. Desde la perspectiva de las familias, los facilitadores más señalados son las plazas reservadas o garantizadas (31,9%), las ayudas económicas (27,9%) y la información clara y accesible (25,8%). 

Los profesionales destacan la disponibilidad de personal de apoyo (55,6%), la formación específica del equipo (51,1%), las ratios reducidas (46,7%) y el diseño de las actividades pensado desde el inicio para la diversidad (42,2%).

Algo en lo que parecen coincidir también familias y profesionales es en el hecho de que “la participación genera efectos positivos claros” tales como el mayor disfrute y bienestar emocional (56,9%), la mejora de las relaciones y habilidades sociales (49%), el aumento de la autonomía y la autoestima y una mayor sensación de inclusión, junto con una mejora del bienestar familiar (37,3%) y de las posibilidades de conciliación (25,5%). 

Recomendaciones

Por este motivo, el estudio plantea un cambio de enfoque: “pasar de una respuesta fragmentada y reactiva, centrada en resolver dificultades individuales cuando ya han aparecido, a una política preparada desde el inicio para la diversidad”, y ofrece, para lograrlo, las siguientes recomendaciones: Garantizar el acceso y dotar a las actividades de equipos suficientes, formados y estables;  asegurar condiciones mínimas comunes con independencia del modelo de provisión; revisar los procedimientos de admisión; normalizar una información clara y accesible; reforzar la accesibilidad en todas sus dimensiones; sostener una cartera plural y coordinada, e implantar sistemas de información y evaluación del recorrido completo.